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Las nuevas entradas contienen al inicio la referencia bibliográfica, que indica dónde fue publicado ese texto.


sábado, 11 de mayo de 2013

Conferencia en Elche

Estimados lectores y visitantes de este blog:

Os agradezco vuestras visitas porque, con ellas, demostráis que os gusta lo que cuelgo y, ciertamente, tener al día un blog con entradas y nuevas cosas se hace para que se visite y se le dé difusión. Por tanto, os muestro mi gratitud. El pasado viernes día 3 de mayo de 2013 tuve la gran oportunidad de estar en Elda, invitado por la Mayordomía de los Santos Patronos, para pronunciar la conferencia "La simbología del espacio sagrado y sus complementos". 


 
Pero ahora me gustaría invitaros a la conferencia que impartiré el próximo miércoles día 29 de mayo a las 19.30h en el Aula Cultural de la CAM (situada en la Glorieta, Pasaje Kursaal, de Elche), que versará sobre "El arte en Europa: desde el siglo III a nuestros días", dentro de un ciclo sobre Europa como institución organizado por la Fundación Universidad y Sociedad

Si os apetece venir, estaré encantado de saludaros personalmente. ¡Os espero!

viernes, 19 de abril de 2013

Conferencia en mayo

Estimados lectores:

Tengo el placer de comunicaros que el próximo día 3 de mayo de 2013, viernes, a las 20.30h, estaré en la parroquia de Santa Ana (Elda, Alicante) para pronunciar la conferencia La simbología del espacio sagrado y sus complementos, un pequeño recorrido por el valor simbólico y conceptual del templo cristiano desde sus orígenes con los hitos arquitectónicos más importantes para que pueda comprenderse visualmente el desarrollo del espacio. Además, trataré, aunque de manera sucinta, la importancia de los complementos de la arquitectura para el esplendor del culto, es decir, retablos, orfebrería, textiles, mármoles, vidrieras, etc., pues a todos estos añadidos del edificio se prestó mucha atención y resultaban expresivos al presentar programas iconográficos con un determinado mensaje.

Quedáis todos invitados.
Un abrazo y feliz viernes.



jueves, 18 de abril de 2013

Platería y arquitectura

Estimados lectores:

Os agradezco, en primer lugar, vuestras numerosas visitas a esta página que pretende desde sus inicios situar a las artes suntuarias en el lugar que se merecen pues, aunque no voy a volver a reiterar las razones que justifican la auténtica consideración artística de lo decorativo y lo suntuario, está claro que son obras de arte hechas por artistas. Tales artífices, como demuestran sus mismas obras o los diseños que para ellas hicieron, manejaban los tratados y las láminas en sus obradores. Los repertorios de grabados fueron empleados en muchas ocasiones como modelo de relieves en las piezas de platería aunque a veces se fijaron los artistas en referencias arquitectónicas, como el sagrario de Francisco de Alfaro (finales del siglo XVI) para la catedral de Sevilla.

Hoy quería poner dos fotografías a manera de reflexión sobre todo ello. La primera de ellas es la portada de acceso desde su claustro a la Capilla de la Comunión (concatedral de San Nicolás, Alicante), hacia 1720. La segunda imagen es el sagrario que se labró para dicha Capilla, en clara correspondencia con la arquitectura.





Un abrazo a todos.

jueves, 4 de abril de 2013

Evocando el esplendor. Algunos aspectos decorativos de la iglesia conventual de San José de Elche



Este artículo fue publicado en:


CAÑESTRO DONOSO, A., “Evocando el esplendor. Algunos aspectos decorativos de la iglesia conventual de San José de Elche”, en BOIX, V. y PASTOR IRLES, A. (coords.), La Caída. Elche: Cofradía de la Caída de Nuestro Padre Jesús y María Santísima del Rosario en sus Misterios Dolorosos, 2010, pp. 16-23. 

Asimismo, puede verse un estudio más profundo en CAÑESTRO DONOSO, A., La iglesia de San José y su patrimonio. Manifiesto del Barroco en Elche. Sevilla: ed. Punto Rojo Libros, 2011. 
 


EVOCANDO EL ESPLENDOR. ALGUNOS ASPECTOS DECORATIVOS
DE LA IGLESIA CONVENTUAL DE SAN JOSÉ DE ELCHE.

Alejandro Cañestro Donoso
Lcdo. en Historia del Arte
Master en Patrimonio

El presente texto pretende hacer un análisis de la ornamentación de la iglesia del convento de franciscanos, la actual parroquia de San José[1]. La mencionada iglesia, aun careciendo de importantes estudios que revelen y signifiquen la gloria que en otros tiempos supuso para el arte conventual, es la que mejor conserva la esencia barroca en la ciudad de Elche, sin embargo se vio seriamente mermada una parte importante de su patrimonio en los días previos al inicio de la Guerra Civil, aunque también conviene tener en cuenta los capítulos de desamortizaciones y guerras en los siglos XVIII y XIX.

Y dado que este texto trata de aspectos decorativos, en primer lugar cabe mencionar los retablos. El retablo puede decirse que es el verdadero colofón de la arquitectura religiosa, conventual o no, pues constituye la esencia de la misma Iglesia. Esta obra artística, como ya se ha señalado, viene a señalar el sitio del Altar y el lugar del culto y, por consiguiente, debe ser lo más espectacular de las iglesias. Así, nos encontramos con retablos de materiales ricos, aunque lo más usual es que sean de madera dorada y policromada, como los de San José. Y en el retablo se hace todo un programa iconográfico con un ordenamiento. Se encuentran escenas de la vida de Jesús y de toda la Biblia, incluyendo capítulos hagiográficos (es decir, relativos a los santos), registrados mediante arquitecturas y ordenados en cuerpos, calles y entrecalles. Aunque el retablo sea de madera o mármol, es una auténtica arquitectura, de la misma forma que una fachada, y se organiza para crear diferentes registros (denominados casas), donde acoger las diferentes imágenes de escultura y pintura, pues en el retablo se unen las denominadas tres artes mayores: arquitectura, escultura y pintura, aunque en ocasiones también hará su presencia el azulejo, la cerámica o incluso la platería.

Un retablo se compone de cuerpos y calles: horizontalmente, y apoyado sobre un pedestal que cubre la altura de la mesa del altar, arranca con el banco o predela, se divide en cuerpos y finalmente el remate en la zona superior. Los cuerpos están formados por órdenes (indicados por los capiteles de las columnas y de las pilastras), que aparecen muchas veces superpuestos. Verticalmente, y jerarquizando el retablo, se divide en calles, destacando la central, en cuyo extremo superior se ubica el ático. La imagen devocional principal se dispone en el centro de la calle central, muchas veces practicando un camarín. A menudo hay entrecalles o intercolumnios, que son registros menores, pues se abren nichos u hornacinas entre las columnas para albergar santos, normalmente apóstoles.

El retablo, como respaldo del altar, va a ser un elemento con una rica historia, con diferentes secuencias e hitos, aunque aquí únicamente se hará un esbozo de la misma. Es interesante ver cómo surge el retablo en relación con el altar: los primeros surgen sobre el siglo XI y XII en época románica y consistían en una tabla pintada detrás del altar (retra tabulum: “detrás de la mesa”). En época gótica se sigue el llamado casillero, pues las casas se hacen pequeñas para albergar una gran cantidad de santos e imágenes, que irán aumentando en el Renacimiento. Y ya a principios del siglo XVII, tanto llegarán a aumentar los registros que el retablo se quedará con un cuerpo y tres calles: es la época de la Contrarreforma y con ella se ratifica la devoción a los santos, exigiendo que se vean bien las imágenes mediante unas tallas más grandes para la contemplación que conmemoren las virtudes del santo en cuestión. La protagonista en estos momentos es la Eucaristía y la base del único cuerpo se ocupa con un sagrario. Las calles laterales se hacen más discretas y la central se hace especialmente grande. Este sistema (llamado de orden único y monumental) es la concepción que hoy queda, y acabará siendo el retablo característico del Barroco con dos modificaciones: los órdenes clásicos se reemplazan por órdenes barrocos, especialmente el salomónico, y una única calle. Se lleva al extremo el retablo conmemorativo y se prescinde de la vertiente didáctica. En el ático se disponen las imágenes devocionales, pues la calle central es ocupada por la gran imagen y la zona del banco por el sagrario. Esta evolución, que culmina en el Barroco, lleva implícita que el nicho central se sustituya por una habitación, de mayor tamaño y profundidad, donde se puedan meter doseles, creándose de esa forma el camarín, muchas veces habitación de la Virgen o de otros santos, pero siempre erigido como una prefiguración del cielo, como un reducido cielo.

La iglesia de San José está concebida como una planta de salón, la propia de la arquitectura conventual, es decir, una amplia y diáfana nave central y, flanqueándola, seis capillas laterales, que aparecen perfectamente revestidas de suntuosos retablos. Además de esos seis retablos y el mayor, hay que contemplar asimismo los retablos del crucero, más discretos que los restantes, donde se albergan las imágenes de la Milagrosa y el Cristo de la Caída. Por tanto, queda configurado el espacio sagrado de la forma indicada y articulado mediante la presencia de nueve retablos, algunos menos suntuosos y otros más llamativos.


Vista general hacia los pies de la iglesia. Detalle de las bóvedas.




Vista general del actual presbiterio y naves. 




Capilla actual de Santa Ana en el lado del Evangelio. 



Lámina XIII del tratado de Jean Berain




Antiguo presbiterio. Hacia 1900. Archivo Histórico Municipal de Elche.




Antigua capilla de Santa Ana. Hacia 1900. Archivo Histórico Municipal de Elche.
 



Es también interesante el aspecto material de los mencionados altares, pues la mayoría de ellos, siguiendo las directrices de la segunda mitad del siglo XVII, están realizados en madera policromada y, en algunos casos, se intentan imitar otros materiales más ricos, caso del mármol, como las semicolumnas y las pilastras del retablo del Cristo de la Caída, con la intención de, mediante esos mármoles fingidos, otorgarle más riqueza y lujo al conjunto. A veces se incorpora el azulejo como complemento del retablo, más exactamente en el zócalo de alguna capilla, como la de San Pascual.

Los retablos no obedecen a una única tipología retablística, pues los hay que albergan en el edículo principal una imagen o bien un lienzo, aunque todos ellos responden a una misma variedad, como se ha indicado líneas arriba: el retablo de orden único y monumental.

Pero dichos retablos no siempre tuvieron la misma iconografía, pues en cada época fueron variando las advocaciones de las diferentes capillas laterales y, por tanto, los titulares de cada capilla fueron siendo sustituidos por otros. De esa forma, se documenta que hasta la Guerra Civil existió, donde actualmente se venera a la Virgen del Rosario (es decir, la tercera capilla del lado del Evangelio), un crucificado “de tamaño natural bajo modesto doselete”, que aparecía custodiado por las imágenes de San Diego y de Nuestra Señora de la Salud, que anteriormente estaban ubicadas en el Hospital que había en la Corredora. O, por ejemplo, en la capilla del crucero que alberga al Cristo de la Caída, había antaño la talla de San Andrés Hibernón.

Ya desde antiguo era valorado el retablo que cubría y cerraba el presbiterio, dedicado a San José. El retablo mayor había sido costeado por el Duque de Arcos, señor de Elche, aunque tendría otras imágenes que no han llegado a nuestros días. Ciertamente, los episodios bélicos han supuesto un delicado punto de inflexión en cuanto al patrimonio de nuestra ciudad se refiere, pues las mayores pérdidas artísticas fueron causadas por varios conflictos, como el de la Guerra de Sucesión, la de la Independencia o los prolegómenos a la Civil de 1936, afectando a la totalidad de las iglesias ilicitanas. De esa forma, el antiguo retablo mayor tenía una imagen de San José y el Niño que no es la que se contempla en la actualidad (atribuida a José Sánchez Lozano, de la escuela murciana), además de un lienzo bocaporte que cerraría el camarín central, que tampoco se ha conservado y que es conocido por una antigua fotografía de la colección de Pedro Ibarra (Archivo Histórico Municipal de Elche) que muestra el presbiterio en la festividad de San Pascual. El esquema general de este retablo sería el siguiente: banco o predela en cuyo centro se instala el sagrario, el cuerpo principal dividido en la calle central y dos pequeñas calles laterales, apareciendo en la hornacina central la talla de San José y el Niño, flanqueada por cuatro tablas de santos franciscanos mártires. Los elementos de soporte son, de los extremos al centro, de forma simétrica: semicolumnas adosadas de fuste liso con el tercio inferior decorado, columnas salomónicas exentas de cinco espirales y dos medias y estípites. Un entablamento rectilíneo con un interesante juego de entrantes y salientes da paso al remate, al ático del retablo, donde se muestra un lienzo del siglo XVIII, algo posterior a la ejecución inicial de este retablo (fechado hacia 1675) que retrata a la Sagrada Familia, enmarcado asimismo por columnas salomónicas y estípites. El conjunto se completa con pintura parietal que representa unos cortinajes de color carmesí, algo muy usual hacia los mediados del siglo XVIII; por tanto, puede decirse que la conclusión de la decoración de dicho retablo, es decir, el lienzo de la Sagrada Familia y estos cortinajes, se produce hacia 1740-1750. Pedro Ibarra (Historia de Elche, 1895, p. 198) dijo de este retablo que era “perfecto, de talla dorada y enriquecido con delicadas pinturas sobre tabla”.

El crucero también aparece exornado con varios retablos, que dan la idea de que delante de cada uno de ellos habría un altar para cultos diarios, uno en el lado del Evangelio que alberga a la imagen de la Milagrosa, que antiguamente estaría presidido por la Inmaculada Concepción dada la veneración que la Orden Franciscana le tenía, de ahí que fuese nombrada Patrona y Reina de toda la Orden. En el lado de la Epístola en la actualidad se representa al Sagrado Corazón de Jesús. Cabe reseñar además el retablo de madera policromada que acoge a la talla de Nuestro Padre Jesús de la Caída, una espléndida imagen de Sánchez Lozano.

A ambos lados de la nave central aparecen, como se decía, tres capillas laterales, que siguen una misma tipología: planta central, que alude al sentido funerario y simbólico de las mismas, cubiertas por cúpulas que vienen a prefigurar a la misma bóveda celeste, es decir, al cielo. Todas ellas están recubiertas de delicada ornamentación, lienzos en algunos casos y en otros altorrelieves, aunque es rasgo común la decoración de pintura lineal en tonos azul, incorporando algún ocre, que destaca con mucho por encima del blanco puro de los muros. Tales pinturas, muy posiblemente inspiradas en los grabados que el francés Jean Berain dibujase en su interesante tratado, Ornamens inventez par J. Berain (1703), constituyen un magnífico ornato del interior del templo. No obstante ello, parten de tradiciones locales, pues ese mismo tipo de pinturas se había visto en el interior de la antigua iglesia del Salvador o en otros conventos, caso de la iglesia del convento de San Juan de la Penitencia (Orihuela) o de la iglesia del convento de Santa Ana (Murcia), influenciadas asimismo por los grabados franceses de Berain. Incluso alguna de las capillas, como la tercera del lado del Evangelio, contiene cortinajes pintados utilizando la técnica del trampantojo (del francés trompe l’oeil, “engañar al ojo”), tan del gusto dieciochesco, especialmente de la primera mitad.

En el lado del Evangelio (el lado izquierdo según se mira desde la puerta al Altar mayor), las tres capillas están dedicadas a San Pascual Bailón, Santa Ana y la Virgen Niña, y la Virgen del Rosario. Y todas ellas tienen su perfecta justificación iconográfica por ser algunas de las devociones franciscanas más populares. En el caso concreto de San Pascual, aparece representado mediante una singular talla atribuida al maestro Sánchez Lozano. Este santo franciscano estuvo por Elche cuando tenía 18 años cuidando el ganado de Bartolomé Ortiz, “un ganado muy grande que para buscarle pastos no sólo había que ir hasta Orito sino por toda la Vega Baja”, según expresa el mismo santo en sus memorias. Su relación con nuestra ciudad fue más allá, pues pidió ser admitido en la Orden Franciscana y su convento de San José, de ahí que se le tenga tanta devoción y que precisamente, una de las capillas se haya dedicado a él. Sin duda es la más plástica de cuantas existen, a excepción del retablo mayor, en toda la iglesia, algo que ha podido acentuarse tras la conveniente restauración aplicada recientemente, que ha sacado a la luz su auténtica policromía. Este retablo, ejecutado en el último tercio del siglo XVII, sigue la misma línea que el antecedente, pues también es aprovechado el banco o predela para ubicar el Sagrario, además tiene una única calle que preside San Pascual, flanqueado por unas columnas salomónicas muy carnosas, cuya superficie está totalmente ornamentada con motivos vegetales y frutales, tan propias del Barroco. La teatralidad barroca se hace muy presente en este retablo, que aparece coronado en el ático por un lienzo con una custodia, algo que se pone en relación directa con la intensa devoción al sacramento de la Eucaristía por parte de los franciscanos, originada por el mismo San Francisco. El zócalo de la capilla está revestido con azulejería de estirpe valenciana, con una clara impronta manisera. A todo ello se deben sumar las pinturas de las paredes laterales de la capilla, que representan pasajes de la vida de San Pascual y sus milagros, incluyendo el de la misa de su propio funeral en que abrió los ojos en el momento de alzar a Dios.

A continuación está la capilla dedicada a Santa Ana, otra devoción popular en la Orden Franciscana basada en la doctrina de la Inmaculada Concepción de la Virgen, sostenida a partir del siglo XIII por la citada orden. Esta capilla, fechada en 1724, es más discreta por varias razones, entre las que destaca su pálida policromía, aunque tiene una iconografía mucho más rica. En el centro del retablo se dispone la talla de Santa Ana y la Virgen Niña, justo encima de ellas aparece el anagrama de Santa Ana, y a ambos lados de la hornacina dos imágenes decapitadas (San Antonio y San José, los dos con el Niño Jesús en brazos, reconocidos por fotografías de inicios del siglo XX). En la zona del ático hay tres esculturas de difícil identificación, si bien es cierto que en el centro hay un anciano con barba, que podría ser San Joaquín, y dos mancebos, uno con un pez en sus manos (quizás represente a Tobías) y el otro una corona, que bien puede relacionarse con la corona franciscana de las siete alegrías de la Santísima Virgen. Es interesante ver cómo tiene esta capilla su paralelismo en el mismo barrio del Pla, pues muy próxima se encuentra la denominada Cuesta de Santa Ana, uno de los lugares más pintorescos donde poder ver en toda su plenitud a la Cofradía de la Caída.

Además, María Santísima del Rosario en sus Misterios dolorosos, adscrita a la Cofradía ya mencionada, ocupa la tercera capilla del lado del Evangelio. Aunque originariamente hubo un Cristo crucificado, del que no se conocen más datos, lo cierto es que en la actualidad dicha capilla alberga a la Virgen del Rosario y, tras ella, un cortinaje fingido de igual manera que los que existen en las otras capillas. Este espacio, que nunca tuvo retablo (sólo tuvo un dosel que hacía las veces de sagrado palio para las diferentes imágenes de culto), aparece completamente pintado con escenas de santos franciscanos mártires.

Por otra parte, en el lado de la Epístola hay tres capillas más, que completan todo un ciclo de apoteosis franciscana. La primera de ellas está dedicada a San Pedro de Alcántara por ser el franciscano que envió a ocho monjes a Elche para fundar el convento en abril de 1561. Por tanto, el fundador de la comunidad conventual ilicitana no podía quedarse al margen y aparece representado en un lienzo en el edículo central del retablo. La zona del banco está ocupada por la imagen del Cristo yacente, perteneciente a la Cofradía del Santo Sepulcro. El elemento sustentante del retablo son columnas de fuste estriado en espiral con el tercio inferior ornamentado, presentando capiteles corintios. El ático se articula a través de un lienzo de Santa Clara, quien también estará representada en la última capilla. Y en este remate aparecen dos elementos de claro estilo escurialense: las pirámides y las bolas, en la órbita de la arquitectura y la ornamentación de tipo funerario.

Seguida de la capilla de San Pedro de Alcántara está la de San Antonio de Padua, aunque en otros tiempos estuviese ubicada en un emplazamiento diferente (era la tercera capilla y no la segunda, pues dicho espacio estaba dedicado al Niño Jesús, “de raquítico bulto” según Pedro Ibarra). Esta capilla forma conjunto con la de Santa Ana, que está enfrentada a ella, y contiene repertorios decorativos diferentes, pues en la zona baja se incorporan elementos simbólicos como granadas (que vienen a significar simbólicamente la sangre de los mártires) o palmas (en referencia a los mismos mártires franciscanos) enmarcados en óvalos. Justo encima de la talla moderna de San Antonio y el Niño Jesús está el anagrama de Cristo (JHS), motivo que indica la auténtica y antigua advocación de esta capilla. Hoy en día puede verse sobre el pequeño altar una imagen de San Judas Tadeo. Las columnas salomónicas presentan una notoria decoración de guirnaldas en las zonas de las espirales. En los extremos se disponen dos figuras en estuco de santos franciscanos, imposibles de identificar por carecer de cabezas. El remate superior del retablo se configura con la presencia de la Santísima Trinidad, circunscrita en un esquema triangular: en el centro está el Espíritu Santo, a la izquierda Jesús y a la derecha Dios Padre. Completan la ornamentación de la capilla sendos lienzos que están en las paredes laterales con pasajes de la vida de la Virgen (la Natividad y la Presentación en el Templo).

Para finalizar el lado de la Epístola y el presente texto, cabe mencionar la última capilla, dedicada en la actualidad a Santa Clara, fundadora de la segunda Orden Franciscana, la de las Clarisas o Damas Pobres. El retablo es menos efectista que el resto y antiguamente estaba presidido por una imagen de San Antonio con el Niño en brazos. La pieza está sustentada por columnas compuestas (de capitel jónico y corintio) de fuste estriado y pilastras adosadas que contienen festones vegetales y frutales. Se prescinde de ático que se sustituye por un frontón semicircular, lo que le otorga a este retablo un carácter de arco de triunfo.

En suma, puede decirse que la iglesia del antiguo convento de San José encierra un importante patrimonio histórico, artístico y cultural, que conviene dar a conocer. Este artículo debe entenderse como una primera aproximación al capítulo de la ornamentación, especialmente los retablos y las pinturas, incluyendo la decoración parietal lineal en color azul, procedente, según se ha podido constatar, de las láminas de Jean Berain. Queda pendiente, pues, un estudio profundo sobre la iglesia que revele la gloria que supuso en otros tiempos, ya que la arquitectura religiosa supone en muchas ocasiones un estuche o un contenedor de magnas obras artísticas, como el caso de San José, contemplándose asimismo el patrimonio perdido pero conocido a través de las fuentes documentales.



[1] Agradezco a la Cofradía de la Caída de Nuestro Padre Jesús y María Santísima del Rosario en sus Misterios Dolorosos la oportunidad de participar en esta revista anual. Asimismo, agradezco muy encarecidamente la labor y el apoyo de D. Alberto Pastor Irles, no sólo en la edición de las fotografías que acompañan al texto, sino en todo el proceso de investigación. El agradecimiento se hace extensivo a D. Rafael Navarro Mallebrera, archivero-bibliotecario de Elche, en virtud de cuya amabilidad se ha hecho posible la publicación de algunas fotos inéditas pertenecientes a la colección de Pedro Ibarra.

miércoles, 3 de abril de 2013

El impacto de la Contrarreforma en tierras alicantinas: 1564-1767

Este artículo fue publicado en:


CAÑESTRO DONOSO, A., “El impacto de la Contrarreforma en tierras alicantinas: 1564-1767”, El SALT. Revista del Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, nº 25. Alicante: Instituto Alicantino de Cultura “Juan Gil-Albert”, 2011, pp. 36-37. ISSN 1697-6800.


El impacto de la Contrarreforma en tierras alicantinas:
1564-1767

Alejandro Cañestro Donoso

A mediados del siglo xvi tendrán lugar dos acontecimientos relevantes para el posterior desarrollo religioso de la Iglesia en general y de la antigua Gobernación de Orihuela en particular: en primer lugar, la celebración de 1545 a 1563 del Concilio de Trento, quizá como respuesta a las 95 tesis de Martín Lutero o más bien como una reforma de la misma Iglesia católica, tan dañada desde hacía varios siglos, necesitada de una actualización y, lo que sería más importante, una adaptación de la institución religiosa a la nueva mentalidad del hombre del siglo xvi, lejos ya de las pretensiones medievales. Por otro lado, en 1564, y casualmente al compás de la Contrarreforma, nace la diócesis de Orihuela al disgregarse de la de Cartagena, bajo el reinado de Felipe ii, tan proclive a la reorganización del panorama eclesiástico hispánico; por tanto, el marco geográfico de este presente texto queda definido en la diócesis de Orihuela, casi coincidiendo plenamente con la totalidad de la provincia de Alicante. El eje temporal se inicia de esta forma con el surgimiento de la diócesis y finaliza con el ascenso en 1767 a la silla episcopal del primer obispo ilustrado, D. Josef Tormo y Juliá, quien ya introduce unos ideales renovados, que pueden verse en su personal preocupación por dotar a los pueblos de su obispado de todo lo necesario para una vida más cómoda y confortable, sin descuidar la faceta religiosa y pastoral.

A lo largo de veinticinco sesiones y de tres papados diferentes se celebró en la pequeña población de Trento, en los Alpes, un concilio ecuménico con la presencia de todos los representantes de la Iglesia Católica, con la intención de que renaciera “la luz de la verdad católica, con el favor de Jesucristo, que es la verdadera luz, así como el candor y la pureza, y que se reformen las cosas que necesitan de reforma” (sesión ii). A menudo, como se indicaba anteriormente, ha surgido el debate de la concepción del Concilio tridentino como rechazo de la Reforma luterana o como una auténtica reforma del Cristianismo, decantándose muchos teólogos e historiadores por esta segunda opción, pues la Iglesia de Occidente vivió un verdadero renacer religioso, dando lugar entonces a la también llamada Reforma católica.

 Todos los acuerdos tomados por los padres de la Iglesia fueron recogidos por escrito con una estructura muy clara y didáctica, configurada a través de capítulos, cánones y decretos sobre la reforma, evidenciándose de esta manera que era deseo del Concilio la renovación de los aspectos fundamentales de la doctrina emanada de Roma. Así pues, se pusieron de manifiesto las intenciones relativas a la reforma del Clero, especialmente con la creación de seminarios, aunque en Orihuela no se erigirá hasta bien entrado el siglo xviii, con la rectificación de determinadas actitudes por parte de los religiosos y con el auge de las órdenes, que vivirán a partir de este momento un periodo de esplendor inusitado, sobre todo los jesuitas, algo que se materializará en la erección de más y más conventos o en la adecuación de los ya existentes, estableciéndose una tipología para sus iglesias, que debían ser de planta de salón, la más funcional de todas las plantas. La Misa, que queda definida como sacrificio y sacramento por el Concilio, también fue objeto de diversas consideraciones, propiciando su realce que se efectuaran las ceremonias con luces, inciensos y ornamentos “con el fin de recomendar por este medio la majestad de tan grande sacrificio y excitar los ánimos de los fieles por estas señales visibles de religión y piedad a la contemplación de los altísimos misterios, que están ocultos en este sacrificio” (sesión xxii), algo que se pone en total relación con la escenografía y la teatralidad tan del gusto del Barroco, que podría verse justificada e iniciada en este decreto. Lógicamente, todo ello tuvo su paralelismo en la recién creada diócesis de Orihuela, como se constata en las próximas líneas. Además, también se regula el régimen de las visitas a las parroquias así como los sínodos, que en esta diócesis tendrán una correspondencia inmediata, pues en la temprana fecha de 1569, tan sólo cinco años después de proclamar el nuevo obispado, Gregorio Gallo convoca el primer Sínodo, al que le seguirán otros dos, en 1600 y en 1663, respectivamente, que acusan de una manera directa y notoria el impacto de la Contrarreforma.

 La puesta al día de la Iglesia de Roma se hizo tangible asimismo en la erección de nuevas parroquias, ya con una imagen renovada, que se propugna desde la misma diócesis, al adaptarse ésta a las nuevas corrientes contrarreformistas. Muchos son los templos que desde los inicios del siglo xvi, en la llamada Prerreforma católica, se levantan en la demarcación oriolana, pero también ocurre el fenómeno de la adecuación de las viejas parroquias al lenguaje tridentino, que de esta forma se ven mejoradas y completadas, en ocasiones con suntuosos complementos como las rejas, caso de la Catedral de Orihuela, o con nuevas portadas que incorporan ya los ideales del Barroco, auténtico estilo de la Contrarreforma. Si hay un templo que acusa de manera evidente los postulados contrarreformistas es la antigua colegiata, hoy Concatedral, de San Nicolás de Alicante, pues en ella se ponen de manifiesto los valores del nuevo estilo y la concepción tan particular del espacio, es decir, una gran nave central con capillas laterales y girola, imitando el modelo impuesto años antes en la Catedral de Valencia, además de unas portadas típicas seiscentistas que ejercerán influencia en toda la demarcación alicantina. Con todo, no queda ahí la importante aportación del arte barroco a la diócesis oriolana, sino que, de la misma manera, a partir de Trento se adecuan y dignifican los ajuares, viéndose renovados los tesoros medievales, que se ven aumentados y, en ocasiones, sustituidos por otras piezas más acordes con los gustos contrarreformistas, adquiriendo los templos unas espléndidas piezas de plata, como la cruz parroquial de Santa María de Elche fechada hacia mediados del xvii.

 Sin duda, una gran importancia recaerá en los programas que auspicia el Concilio de Trento, basados en tres grandes pilares. El primero de ellos es la Eucaristía, que sufrirá una necesaria actualización y, en consecuencia, un inesperado protagonismo que se efectuará no sólo en las ceremonias litúrgicas sino también en la promoción y el uso del arte destinado a la exaltación de tal Sacramento, ya que sean capillas, sagrarios, tabernáculos –caso del marmóreo templete de Santa María de Elche, levantado en los años centrales del setecientos que recuerda las láminas de Galli Bibiena y el templete de El Escorial– o custodias, con toda una serie de realizaciones en este sentido con la que se demuestra el carácter verdaderamente ejemplar con que fueron recibidas las disposiciones de Trento, sin olvidar el capítulo de la celebración del Corpus Christi. A estos actos deben sumarse otras solemnidades que reflejan de forma notoria el relevante papel de la devoción, que se patentiza en la Semana Santa y otras festividades, caso de la Santa Faz en Alicante o de la Virgen de Loreto en Muchamiel. También conviene tener en cuenta que, aunque el Concilio de Trento suprime todos los actos teatrales en el interior de las iglesias, el Misterio de Elche siguió representándose merced a una bula del papa Urbano viii. Este Misterio se verá asimismo seriamente influido por el movimiento contrarreformista en sus cantos y en sus acciones dramáticas y escenográficas, que nuevamente vienen a demostrar el carácter efectista del Barroco.

 Otra de las devociones que promovió Trento fue el culto a la Virgen, como redentora, y a los santos, desechando la creencia aniconista, pues mediante las imágenes se podía acceder directamente a la divinidad o, lo que es lo mismo, que la divinidad participaba de las tallas, sirviendo principalmente para orientar la fe. Se busca un mayor realismo pero también tienen mucho que ver el teatro y las tramoyas, pues el Barroco despliega su fantasía en un intento de mostrar un mundo de ilusión que permita evadir la mente humana de este mundo terrenal y la traslade a otro más metafísico. Es el momento de los retablos de orden único y monumental, que incorporan camarines en sus edículos principales. La Contrarreforma también propició el culto a los santos y a sus reliquias, por lo que se vive a partir de entonces un fenómeno, con respecto a los restos materiales de los santos, que no tiene parangón, fomentándose así la realización de relicarios, rutas de reliquias y capillas consagradas a los santos.

Pero todo ello no debería ser considerado como una obra anónima, pues muchos y muy reputados son los artistas que trabajan en la diócesis desde los inicios del siglo xvi hasta el final del episcopado de Juan Elías Gómez de Terán, último obispo contrarreformista. No sólo arquitectos sino también escultores, pintores, maestros rejeros y plateros, consiguiendo que el arte en la diócesis orcelitana alcanzara verdaderos hitos. Mención aparte merecen, sin duda, los frailes arquitectos, también presentes en esta diócesis y responsables de obras de gran envergadura.

 
 
01.  Capilla mayor y tabernáculo de la Basílica de Santa María de Elche.
 
01.  Fachada de la Concatedral de San Nicolás de Alicante.
Cruz parroquial de plata de la Basílica de Santa María de Elche.
En suma, cabe indicar que el impacto que tuvo la Contrarreforma en tierras alicantinas, tanto al compás del surgimiento de la diócesis como en su posterior desarrollo, fue ejemplar teniendo su repercusión más directa y notoria en los tres sínodos convocados en menos de un siglo con el fin de estructurar la nueva situación religiosa y su correspondiente mantenimiento, siempre mirando a Trento e inaugurando una nueva concepción no sólo del ceremonial litúrgico y otros aspectos eclesiásticos sino, y lo que es más importante, también del espacio sagrado y todos sus elementos de aderezo, que se ven renovados con este importante resalte de los cultos que tiene lugar desde el Concilio tridentino.